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libro

El patín de ruedas
de Anónimo


Si se te ha metido algo en la cabeza, puedes empezar a sacártelo -le dijo una pobre viuda a su hijita.

En efecto, a la niña se le había antojado tener patines, y era imposible apartarla de esta idea.

-Zapatos nuevos necesitarías tú -le dijo la madre-, y yo también. ¡Fíjate!

Su madre levantó el pie izquierdo. El aire entraba por donde hubiera debido estar la suela.

-Pues yo quiero tener patines y los tendré -se obstinó la chiquilla-. ¡Los tendré, los tendré y los tendré!

¡Oh!, ¡la muchacha hubiera seguido aún diciendo una y otra vez: "¡Los tendré, los tendré!", pero la madre puso fin a la discusión con un bofetón y añadió:

-Pero yo no los tengo.

Y, diciendo esto, cogió la canasta de lavar y se dirigió a casa de una de sus clientes. La muchacha la siguió con la mirada. Contempló los agujeros de sus zapatos, completamente rotos, y murmuró: "Mi madre tiene razón. Pero yo he de tener unos patines, de lo contrario, no estaré tranquila".

Inmediatamente empezó a barrer, ligera, la habitación. La escoba se deslizaba por todos los rincones, y el polvo se arremolinaba hacia fuera, por la puerta. La muchacha sabía hacer las cosas bien. Presta como un relámpago, lo iba limpiando y arreglando todo. Y, mientras trabajaba, iba cantando: "¡Rueda, rueda, rueda!", y sus pensamientos vagaban de nuevo con los patines.

De pronto, tropezó la escoba con un cuerpo duro, que sonó alegremente y se movió rodando. La muchacha se inclinó ligera y levantó un patín del suelo.

No se asombró mucho por ello. Preguntó solamente al pequeño patín:

-¿Dónde está tu compañero?

-Estoy solo. Me he escapado. Me he disgustado con mi compañero y nunca más regresaré a su lado.

-¿Por qué pelearon?

-Porque no quiso reconocer que yo soy más listo que él.

-Quiero creerlo, patincito; ¡pero primero demuéstrame tu listeza!

-¡Sube, y sabrás quién soy yo! Yo no necesito al otro. Yo puedo correr solo. Di ¡hopp!, y echaré a correr, sin que me des impulso, y no me pararé hasta que tú digas ¡alto!

-¡Maravilloso! -exclamó la muchacha. Lanzó la escoba a un lado, puso el pie derecho sobre el patín y se sujetó presurosa las correas.

-¡Hopp! -gritó alegremente.

Entonces echó a rodar el zapato, de forma que la falda y el delantal revoloteaban al aire. El pie izquierdo oscilaba en el aire, y toda la gente se apartaba a un lado, para no verse atropellada. La chiquilla no podía oír ni ver nada. Las casas y los árboles pasaban volando por su lado. Un río, un lago, un valle, unas montañas..., todo venía y volvía al alejarse. Y el viento silbaba en sus oídos. El corazón de la muchacha gritaba de júbilo. Pero, finalmente, tuvo ya bastante de correr, y, además, sentía hambre.

-¡Párate! -gritó; pero el patín seguía rodando-. ¡Detente! -gritó la chiquilla, en vano-. ¿Quieres detenerte, estúpido patín? -increpó furiosa.

Pero el patín seguía tranquilamente adelante, pues la muchacha había olvidado la palabra que le había señalado el patín para parar. No tenía más remedio que seguir corriendo, corriendo, sin cesar, sin poderse ya detener.

-¡Ya te enseñaré yo quién manda aquí! -gritó la muchacha, indignada, y trató de agarrarse al cercado de un jardín, para detenerse. Pero no se hizo más que un rasguño en los dedos, al cogerse a una estaca, que quedó arrancada.

Entonces intentó agarrarse a un arbolillo; pero quedó arrancado de cuajo, con las raíces flotando como hierba. Y mientras el arbolillo yacía en el suelo, la muchacha seguía corriendo. Ahora se decidió a suplicar.

-¡Querido patín! ¡Déjame descansar! Ya tengo bastante por hoy.

Pero el patín parecía no oír nada. Entonces comenzó a llorar a lágrima viva, y así entró en la gran ciudad.

En todas las ventanas ondeaban banderas. A ambos lados de la calle había mucha gente, que esperaba al rey. En aquel momento se acercó una carroza dorada, tirada por seis caballos blancos. El rey, sin embargo, era un hombre desgraciado que tenía los pies inválidos. Saludaba amablemente a todos lados, y podía comprender que su pueblo le amaba.

Cuando la muchacha se acercó gritando de manera salvaje, levantó el rey tranquilo la mano y dijo:

-¡Alto!

En el mismo instante se detuvo el patín, y la muchacha respiró profundamente.

-¡Gracias, señor rey! -gritó muy emocionada, y se inclinó ante la dorada carroza.

-¿De dónde vienes tú, muchacha desconocida? -preguntó el rey.

-He viajado sobre este patín a través de todo el país. Y hubiera tenido que correr tal vez por toda la eternidad, si usted, bondadoso señor rey, no hubiera pronunciado la palabra oportuna para detener al patín.

-¿Qué palabra? -preguntó el rey, asombrado.

-¡Alto! -dijo la muchacha.

Entonces sonrió el rey.

-¡Sube, niña desconocida, con tu extraordinario patín! En mi palacio me lo explicarás todo.

Una vez hubo escuchado el rey la extraordinaria historia del patín, dijo a la niña:

-Ahora tienes que comer hasta hartarte. Luego podrás regresar de nuevo con el patín a tu casa.

-No -replicó la muchacha con gran terror-. Aun cuando hubiera de caminar siete semanas, iré a pie. De patines no quiero saber nada más en toda mi vida.

-Entonces te cambio el extraordinario patín por un par de buenos zapatos.

-¡De todo corazón, señor rey! -exclamó la muchacha alegremente. Pero de repente vaciló: -Si me lo permitiera, desearía suplicar al señor rey que ese par de zapatos fueran para mi madre. Yo puedo ir muy bien descalza.

El rey hizo una señal a un criado. Éste trajo después de la comida un magnífico cofre en el que había zapatos de mujer y de niña, de piel fuerte y fina, e incluso había también zapatillas. Después que la muchacha lo hubo admirado y agradecido bastante, llevó el criado el cofre a una carroza. En ella fue conducida la muchacha a su casa.

La felicidad que experimentó la madre al tener de nuevo a su lado a su querida hija no se puede describir.

Pero también el rey era feliz. Cuando se hubo colocado el patín maravilloso, pudo correr con sus pies inválidos por sí solo, sin ayuda de criados. No tenía más que decir ¡hopp!, y emprendía veloz carrera. No tenía más que decir ¡Alto!, y se detenía obediente el patín.

Cuando alguien no era fiel en el país, se presentaba de repente el rey allí, y el infiel tenía que avergonzarse. Pero, los que le servían con fidelidad podían alegrarse. El rey veía su fidelidad y procuraba en todo caso recompensarlos.

Pronto reinó tal orden en el país, que todo el mundo habló de ello.

Entonces se olvidó el rey de sus pies inválidos y se sintió el hombre más feliz de toda la redondez de la tierra. ¡Gracias sean dadas al patín de ruedas!


 
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